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El
futuro es de color rosa para las marcas blancas
Si
pudiéramos viajar en el túnel del tiempo y tuviésemos
la ocasión de transportar a un avezado profesional de la
tienda de recambio de los años ochenta, trayéndolo
a la época actual y permitiéndole asistir a una jornada
cualquiera de trabajo, nuestro colega alucinaría por las
muchas novedades que le brindan los tiempos modernos, sorprendiéndose,
probablemente, por los cambios experimentados en tres capítulos
del recambio: Informática, Grupos y Marcas Blancas.
Hasta
la primera mitad de los noventa, y para los Departamentos de Marketing
de la mayoría de las multinacionales, la simple mención
de la creación y puesta en el mercado de una marca blanca
de cualquier producto, fundamentalmente de los renglones mecánicos,
suponía la inmediata excomunión de la comunidad bienpensante
de esa ciencia, para todas aquellas personas que osaran efectuar
o apoyar tal propuesta.
Es
más, cuando una multinacional se hacía con la titularidad
de fábricas y marcas perfectamente introducidas en el mercado,
el paso siguiente consistía en proceder a la eliminación
de la marca recién comprada, sustituyéndola inmediatamente
por la propia marca de cabecera. Solamente algunos miraban a los
principales países de nuestro entorno donde, desde finales
de los años setenta, coexistían las principales marcas
oficiales con marcas secundarias pertenecientes a grupos de distribución
o relativos a grandes cadenas de autocentros.
La
formación en España de importantes grupos de distribución
que ha conllevado un imparable proceso de concentración de
la cifra total del mercado en torno a los grupos (cuyas estimaciones
oscilan entre el 75 y el 80%), ha provocado un giro radical a las
políticas comerciales excluyentes con las marcas blancas
pasándose del "nunca jamás" al "quizás"
ó, simplemente, "nosotros también". Los
principales grupos han dado alas a la implantación de sus
marcas AD, GECOR, CECAUTO, GRUNO, SERCA, etc. abarcando no sólo
baterías, aceite o los productos químicos, sino renglones
hasta hace bien poco cubiertos en exclusiva por las marcas de los
fabricantes, como discos de freno o amortiguadores.
Al
principio del tercer milenio, la realidad es que, en nuestros negocios,
prevalece el Marketing de Servicios sobre el de productos. Hoy día
la práctica total de fabricantes que concurren al mercado
tienen una calidad fuera de duda, avalada por los correspondientes
certificados no existiendo diferenciales tangibles apreciables en
las prestaciones de esos productos.
A favor
de las marcas blancas ponderan la aplicación de políticas
comerciales propias, normalmente más agresivas, la existencia
de un marco de exclusividad de zona para el recambista, la transferencia
de imagen del valor del servicio generado por el grupo hacia su
marca, la consecución de mejores precios, al concurrir varios
proveedores y ahorrarse estos los gastos de publicidad, impulsión
y promoción o las sinergias emanadas de las acciones combinadas
con los diversos productos la marca asociada, como promociones o
el establecimiento de un rappel conjunto que fidelice a los clientes
todo el año.
En
contra, fundamentalmente, la repercusión negativa para toda
la imagen del grupo que pudiera acarrear la selección de
proveedores con calidades o nivel de servicio deficientes, que arrastrarían
indefectiblemente al resto de productos corporativos y, como no,
la iracundia de las primeras marcas que contemplan impotentes como
han cedido parte del pastel en favor de las marcas blancas, muchas
de ellas, en la actualidad, fabricadas por ellos mismos.
Javier
Merodio
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