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Mimar
al proveedor
Si
realizamos una encuesta entre los más de siete mil propietarios
o responsables de tiendas de recambio o los cerca de cuarenta mil
talleres que proliferan por todo el territorio nacional, preguntándoles
sobre la manera más idónea de tratar a sus clientes
no cabe duda que, dejando a un lado ese pequeño porcentaje
de iluminados que siempre van por libre en todos los gremios, encontraríamos
unas respuestas muy similares. Hoy día todo el mundo tiene
claro como se debe atender a un cliente.
Sin
embargo, si volviéramos a repetir el mismo enunciado pero
sustituyendo cliente por proveedor, la gama de respuestas sería
mucho menos unánime, más amplia y, en muchos casos,
hasta antagónica.
Porque,
mientras muchos empresarios cuidan, miman y favorecen la relación
con sus proveedores, todavía hoy existen profesionales para
quienes el proveedor, lejos de ser ese "partner" idílico
con el que se debe formar un equipo y compartir gestión,
estrategia y objetivos, sino que continúa siendo un ente
al que exigir sin descanso mejores condiciones de compra, pago,
además de un rosario de reivindicaciones que ocuparían
todo el espacio de este artículo e incluso llegarían
a invadir la página de mi vecino Vindemial.
Conozco
a un propietario de un servicio oficial con quien suelo coincidir
con cierta frecuencia tomando café y, naturalmente, nos gusta
cambiar impresiones sobre nuestro sector. Un domingo mi amigo volvía
de caza y me extrañó verle equipado con una bonita
chaqueta de un conocido fabricante de recambios, ya que él
trabajaba en su taller montando exclusivamente piezas de la competencia.
No tardó en explicarme el porqué. Él trabaja,
según las líneas, con dos importantes tiendas de la
provincia. Cuando se entera de que alguno de sus proveedores efectúa
una promoción con regalo, exige un ejemplar a su proveedor,
aunque no se trate de la marca de la que es cliente. Sus dos proveedores,
hasta la fecha, continúan agasajándole con todo tipo
de regalos, lo que no impide a mi amigo presionar siempre que puede
a ambos para tratar de mejorar sus condiciones de compra.
Traté
de explicarle que, probablemente, conseguiría más
beneficios a medio plazo estableciendo otro tipo de relación
con sus proveedores, lejos de las imposiciones tiránico-comerciales
habituales en él. Es evidente que, en esos momentos, por
la manera de mirarme, yo era un ser de otra galaxia.
Meses
más tarde, en una visita a otra tienda de la zona, me enteré
de que esa empresa hacia tiempo que había cortado la cuenta
de mi amigo, a pesar de ser un excelente pagador. Y, ciertamente,
me pareció una decisión digna e higiénica para
el sector. (Espero que mi amigo no lea este artículo).
Javier
Merodio
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