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Se
lo compro a un amigo
Carlos
Sáenz de Robles es un vendedor con abundante experiencia
y plena dedicación, siempre en nuestro gremio, que hace unos
meses inició la apertura de una ruta en dos o tres provincias,
nuevas para él.
De
sus comentarios a la vuelta de sus primeros intentos deduje que
a pesar de que repetimos, como cierto, lo de que hemos evolucionado
y el gran cambio habido en los canales de distribución, hay
cosas en las que seguimos igual; igual que muchos años antes
de esa transformación que ha aportado la aparición
de los grandes grupos de compra, porque las personas seguimos prácticamente
siendo las mismas y con las mismas costumbres. Es cierto que esas
centrales de compra dan resuelta la mayor parte de esta gestión
a sus asociados, o quizás no es tan cierto que se canalice
por ahí la mayor parte, pero sí lo es, que la mayoría
de los recambistas pertenecen a algún grupo. A pesar de esto
no hemos terminado, ni mucho menos, con la oferta directa sobre
el mostrador al estilo tradicional. Y en esta oferta, a lo clásico,
es donde siguen chocando los criterios de quien visita y quien recibe.
Yo
no creo que haya muchos comerciantes que al abrir su establecimiento
cada mañana piensen: "A ver si vienen pronto dos o tres
vendedores para estudiar sus ofertas", más bien por
el contrario ansían la llegada de clientes sin nadie que
les perturbe en su atención. Y así, viene a resultar
que la primera reacción al ver llegar al viajante o representante
sea, la mayoría de las veces, de disposición al rechazo,
sobre todo si es desconocido. Para deshacerse del engorro de la
oferta no deseada se sigue acudiendo a sencillos y repetidos argumentos
que el vendedor experimentado deberá rebatir con facilidad:
"no tengo tiempo de atenderle, no necesitamos nada" o
eso tan socorrido de "eso ya se lo compro a un amigo".
Y
aquí es donde quisiera yo, que fui muchos años cocinero
antes que fraile, andar fino en alguna consideración.
¿Cómo
se puede rechazar una oferta, sin conocerla, argumentando que se
le compra a un amigo? Es lógico que el proveedor acabe siendo
amigo, pero, tomando por buena la primera teoría, una vez
que tenemos cubiertas las líneas que trabajamos, se acabó
toda oportunidad para cualquier novedad o mejora.
De
quien así se comporta habría que analizar si de verdad
es tan fiel a su amigo o prefiere desconocer otras condiciones porque
no está seguro de cómo defenderse de la serie de argumentos
que espera del vendedor. Pienso yo, y espero que muchos compartan
mi pensamiento, que, en la dimensión de nuestras pequeñas
empresas, están generalmente más preparados los vendedores
que los encargados de compras. La mayoría de los vendedores
han leído libros sobre ventas o han hecho cursillos, mientras
que será muy raro encontrar una formación similar
para ejercer la función de comprar.
Quien
haya tenido oportunidad de ir a ofrecer algo a las grandes superficies
habrá podido comprobar que las personas en quien la empresa
delega esta responsabilidad tienen un sinfín de argumentos
para que mejore su oferta quien la hace, pero nunca anteponen la
amistad al buen fin del negocio.
Cuántas
veces habremos contestado a esta objeción diciendo: "cómo
iba yo a ser amigo suyo si
no tengo el gusto de conocerle, lo más lógico es que
eso empiece a suceder a partir de ahora", como cuenta Carlos
que le ha empezado a ocurrir en la segunda vuelta. Se empieza una
relación por negocio y se acaba en verdadera amistad. Así
encontré a mis mejores amigos entre clientes y proveedores,
pero nunca llegaron, ni deben llegar, esas amistades a suponer la
imposibilidad de otras ofertas ni tampoco por amistad deben de hacerse
malos negocios. "Amiguiños sí, pero a vaquiña
por o que vale".
Vindemial
Aldea
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