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Directamente al jefe

Hay una tendencia bastante generalizada, cuando hemos de relacionarnos con alguna empresa, a tratar con las personas de mayor rango posible, tanto para vender como para comprar. Parece lógico que cuanto más alto sea el cargo de la persona con quien negociamos, tanto más ventajosa será nuestra gestión. Esto es tan obvio que sobraría el comentario si no fuera porque tengo que empezar a escribir de alguna forma y dar pie al tema.

Recientemente he tenido ocasión de compartir mesa y mantel, además de con algún otro amigo, con Ignacio Medina de Rodamientos Medinabí, -y a éste sí que no hace falta presentarlo a los lectores de esta revista, ya que por sus propios méritos a lo largo de tantos años ha alcanzado una popularidad fuera de lo normal-.

De Ignacio se podría escribir mucho sobre muchas cosas: sobre su afición y profesionalidad en el mundo de las motos, de las que atesora la más envidiable colección además de otra de admirables modelos de automóviles, de sus demostradas dotes de empresario o, sobre todo, de su sobresaliente calidad humana. Pero esta página la he empezado para contar solamente una de sus anécdotas y a ella me voy a ceñir.

En la animada sobremesa, fueron saliendo temas de lo más variopinto, pues la experiencia y vivencias de los presentes acumula un anecdotario que raya en lo inagotable. Pero voy a ajustarme, como he dicho, porque tampoco tengo espacio para más, a la historia que nos contó Ignacio de un viaje, lejano ya, a Extremadura y a un pueblo, también muy lejano, de aquella región:

Viajaba Nacho con su representante de zona, que es quien le iba presentando a los clientes, y al llegar a una de tantas tiendas, cuando se hicieron las presentaciones, el cliente no prestó atención y no se enteró ni del nombre ni de quién era. Pero, como a lo largo de la conversación, del bla, bla, bla y del qué sé yo, el cliente insistió en que le mejoraran sus condiciones de descuento porque también debía de querer mejorar su compra y le razonaron que era imposible su pretensión, acabó por aplazar el pedido diciendo:

- LLamaré yo a Madrid, hablaré directamente con el señor Medina y ya veremos si se puede o no.

Al comprender Ignacio, por esta salida, el despiste del buen hombre, optó, prudentemente, por callar, pues, lógicamente, aclararle su error a estas alturas de la entrevista podía provocar una reacción más encontrada y negativa. Más como insistía en que quería llamar de inmediato hubo de decirle:

- No llame usted ahora que el señor Medina está de viaje y no volverá hasta la próxima semana.

Hasta aquí llegó el fruto de la entrevista, sin más resultado que el desahogo de marcharse haciendo comentarios y consideraciones, como los hicimos al recordarlo, de por qué tantas veces y a tantos nos ocurre lo mismo, que nos falta atención en el momento de las presentaciones y tenemos que volver a preguntar el nombre, si tenemos valor para hacerlo, a la mitad o final de la entrevista. Sabiendo que el nombre propio es la voz más agradable al oído humano: ¿Cómo desaprovechamos la oportunidad más elemental de acercamiento a la persona que nos presentan?

Cuenta Ignacio que, efectivamente, el cliente le llamó a la semana siguiente y que, tras algunos razonamientos, le confirmó que el mejor precio ya se lo habían dado "sus representantes", lo cual entonces aceptó como bueno.

Y aquí viene otra pregunta:¿Por qué se menosprecia al representante pretendiendo ir directamente a la dirección? Una empresa seria tiene unas condiciones bien establecidas y sus vendedores son quienes las manejan. Lo que ocurre, y habrá que aceptarlo así, como decía al principio, es que caemos todos en esa tendencia generalizada de querer tratar siempre con la cúpula. Y desde luego así va a seguir siendo porque nada va a cambiar esta crítica bienintencionada.

Vindemial Aldea

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