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Tarjetas de visita

Quiero dedicar esta página de hoy a mi amigo Antonio Alvés y a su esposa Tere, de Borjas Blancas, con quien hemos compartido recientemente un delicioso fin de semana con motivo de la "Fira de San Josep" en Mollerusa, en donde participamos, muy acertadamente, con un stand; pues resultó una feria concurridísima y mucho más interesante de lo que imaginábamos.

Como Antonio es un veteranísimo en nuestro gremio, siempre dando vueltas con sus ofertas de faldillas salvabarros, por lo que es popularmente conocido, y hemos compartido infinidad de vivencias en muchos años de viaje, salieron a relucir anécdotas, estrategias y ocurrencias con las que ambos hemos ido salvando las dificultades propias que presenta la venta. Así me contaba lo difícil que le resultó conquistar a sus clientes de Francia porque no comprendían ni su tarjeta.

Y es que las tarjetas deben de ser un exponente claro de la persona o empresa que representa. Así cada cual, al crear la suya, procura que cumpla lo más perfectamente posible este cometido, y para ello al nombre se le añaden los títulos, principalmente académicos (las hay con cuatro o cinco, y porqué no, si los tienen). Otras veces nobiliarios, con escudo herádico en relieve que parece que le da un tacto especial e incita a mayor esmero en su conservación. Sin nada debajo del nombre, una tarjeta puede aparecer como algo viuda o deslavazada, a no ser que pertenezca a alquien tan importante que sólo su nombre lo diga todo. Por eso se afanan tanto algunos en buscar con qué adornar la importancia de su nombre, hasta ponerse, como sé de uno, "presidente de la comunidad de vecinos". Conocí a otro que dejó de trabajar en Marín, de Úbeda, para establecerse él solito en un local de 20 metros escasos con cuatro cosas en dos estanterías y lo primero que se hizo fueron unas tarjetas que le distinguían como "Director Gerente".

Cuentan de un indiano, que al regresar muy rico de América lo hizo en un camarote de primera de un lujoso trasatlántico donde trabó amistad con gentes también de primera clase. Al desembarcar se intercambiaron tarjetas y comprobó, con cierto complejo, que todas, menos la suya, lucían algún título más o menos relevante debajo de los nombres; y como quiera que él quería igualarse a sus compañeros de viaje que le deslumbraban en importancia (que la tendrían, sin duda, pero sobre todo él se la daba) ni corto ni perezoso, fue a una imprenta y se encargó otras a las que a su nombre mando añadir: "ex-pasajero del Trasatlántico Santa María".

En las tarjetas comerciales, que son las que intercambiamos con mayor frecuencia se destacan, mayormente con acierto, los logos de las marcas y a veces algun slogan que ayuda a identificar rápidamente la identidad y objetivo de quien la presenta. Algo así como debían de ser las que usaba Antonio, pero, como decía antes, cuando decidió entrar en el mercado francés se encontró con que cuando hacía llegar su tarjeta al "patrón" a través de otra persona, en muchas ocasiones no debían entender muy bien su contenido o en qué consistía la oferta y ni siquiera le recibían. De manera que buscando la forma de conseguirlas más expresivas para lograr la entrevista, llegó a la conclusión de hacerlas de goma representando una faldilla salvabarros; de tal modo, que era imposible que quien la recibiera dudara de cual era el producto que se ofrecía. Esta idea, que me parece audaz y genial, le abrió, muchas puertas y le ayudó notablemente al éxito que, me consta, alcanzó y sigue manteniendo.

Hay en esto muchas ideas ejemplares, porque cada uno se busca su originalidad para llegar con mayor éxito al objetivo que persigue su publicidad. Pero habrá que reconocer que no es fácil conseguir una tarjeta que resulte más representativa del producto que ofrece. Así que no haremos nada de más si reconsideramos la posible mejora de las nuestras.

Vindemial Aldea

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