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Feliz cumpleaños

El 9-9-99 fue la fecha elegida por Rudolf Gertenmaier para hacer coincidir su 65 aniversario con los 35 años de existencia de su empresa; el lugar, el Casino de Madrid, en Alcalá 15, marco difícilmente superable para cualquier celebración; la asistencia, sólo 150 amigos de los miles que Rudolf, sin duda, tiene, y quizás porque tampoco cabían en el fastuoso salón.

El Casino de Madrid, que yo he conocido gracias a esta invitación, es un verdadero palacio adornado con exquisita elegancia, y el ambiente de fiesta que se creó tenía el auténtico nivel de la más escogida distinción. Acudieron muchos amigos de Rudolf que se desplazaron desde Alemania para la ocasión y también abundantes españoles, muy populares en nuestro gremio, como no podía ser menos si pensamos que Rudolf será uno de los más conocidos, con sus 28 delegaciones, a lo ancho de esta piel de toro.

Todo este imperio ha sido el resultado del entusiamo y bien hacer constante desde que en 1964, dos años después de llegar a Madrid, montara su primera tienda. Justo tres años antes que yo, pero con una eficacia tantas veces superior que ahí se ven los resultados, aunque mi admiración tenga realmente que ver, más que con su éxito, con su calidad humana, demostrada una vez más en su poder de convocatoria.

Allí pude saludar a Hans-W. Damke, de Knecht Filterwerke, a López Baillo, de Federal Mogul, a marino Méndez, de valeo, y a una larga lista de conocidos entre los que se formaron animadas tertulias llenas de sabrosas anécdotas, como las que recordaba Eduardo López Jiménez, de Federal Mogul, de cuando, hace ya muchos años, estaba en repuestos Norte, aquella tienda tan popular de la calle Bravo Murillo que fue escuela de muchos que siguen en el gremio y que, por otras razones, ya he citado aquí en alguna ocasión anterior.

Comentaba Eduardo de la habilidad que tenía cierto dependiente, especialmente astuto, al que daban un apodo muy gracioso que no logro recordar, para que no se le escapara ninguna venta, y decía que en cierta ocasión llegó un cliente pidiendo un filtro para Seat, que iban a cambiárselo en un taller cercano, y cuando dirigiéndose a la estantería comprobó que no quedaban, le dió otro que no servía, con la mayor naturalidad.

Inmediatamente envió a un chico a Repuestos Nicolás a por el filtro de Seat y, para cuando volvió el cliente a reclamar el arror, le pidió mil disculpas por la equivocación, pero no perdió la venta.

Por entonces, se vendían muchos accesorios y sobre todo aquellas medallitas imantadas de San Cristóbal que se adherían a los salpicaderos metálicos, pero, como resulta que algunas debían de estar escasas de imán, vino una señora a devolver la que había llevado, unos días antes, para su marido, alegando que se desprendía; intentó de varias formas demostrarle que se sujetaba bien sobre algunas superficies metálicas y, como la señora no se acababa de convencer, le dijo:

-¿La medalla se cae cuando el coche va deprisa?

-Sí, claro, dijo la señora.

-Entonces la medalla está bien, porque eso está calculado como un aviso para el exceso de velocidad.

No me consta que la señora aceptara el argumento, pero el recurso tiene tela.

Así, repasando gratos recuerdos, transcurrió del cóctel a la cena, hasta que al final, Rudolf, en una amena intervención, nos dió las gracias y narró con brevedad y gracia algo de su vida desde que salió, muy joven, de Hamburgo para venir a España, donde aseguró que se encuentra realmente en su propia tierra, y nosotros, para corresponderle, le cantamos a coro el cumpleaños feliz.

Vindemial Aldea

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