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Disgustos
a la competencia
Aquí lo que habría que hacer es ponernos todos de
acuerdo para no tirar los precios", me decía estos dias
un vendedor, sin duda inexperto, que coincide alguna vez conmigo
a la hora del vermut.
Esta debe de ser una de las primeras soluciones que se le ocurren
a todo el que se inicia en la venta, pues es seguro que el precio
es el obstáculo más difícil de salvar, y por
tanto, si elimináramos el problema con ese hipotético
acuerdo, parece que lo demás sería coser y cantar.
Así de fácil, así de simple y así de
utópico. Cómo para no prestarle mayor atención;
pero, como resulta que a lo largo de tantos años escribiendo
viene a ser el tema más manoseado por mí, la ocurrencia
del mozo ya me ha dado pie para meterme en mi primer artículo
del año 2.000, sin hablar ni siquiera de Navidades como suelo
hacer por estas fechas.
La
finalidad de toda empresa en busca del éxito, y aquí
todos buscamos lo mismo, es vender y vender bien; y vender bien
en un mercado libre es vender caro, para vender barato ya está
la competencia. Vender caro quiere decir vender, al menos, con ese
margen mínimo que necesitamos para seguir y que ha de ser
un poco más del que le calculamos a esa competencia que siempre
decimos que pronto va a cerrar. Sí, sí, cerrar ¡una
leche!. Rara vez cae esa breva, se pasan una eternidad en la agonía,
cuando no se llevan a algunos por delante o por lo menos le amargan
la vida a disgustos.
Conocí
a uno de estos rompeprecios que decía que él sabía
que ganaba poco, pero que no necesitaba más para los gastos
que tenía, y añadía con cierta ironía
y mala fe que lo único que le sabía mal eran los berrinches
que en aquella zona se llevaban sus competidores.
Algo
así como lo que hacía el guardia de un pueblecito
de Extremadura según cuenta Francisco Pizarro -famoso representante
jubilado ya de esa zona- que dice que había un guardia civil
que era todo un desastre de zafio y desordenado (que viene a ser
la antítesis de la fama bien ganada del Cuerpo) y que se
convertía por esto en la vergüenza del cuartel y la
preocupación constante de sus superiores.
En
cierta ocasión se anunció la visita del capitan de
la zona, y el comandante de puesto, que sería un sargento
o un brigada, dispuso todo lo necesario para lucirse en la revista
que se avecinaba, poniendo especial esmero en advertir a Manojos,
que así dice que se llamaba el guardia, de que cuidara tanto
su atuendo como su aseo personal y limpieza de armamento para no
deslucir ni el puesto ni a él en tan señalada ocasión.
LLegó la mañana de la revista, y cuando el capitán
pasó delante de la formación observando la precisión
de la fila y el brillo de armas y botoneras, reparó detenidamente
en Manojos y fue reprendiéndole y destacando una por una,
cada vez con mayor energía, las deficiencias que advertía
en su descuidada presencia. Cuando terminó la reprimenda
que había provocado la máxima tensión en todo
el conjunto y permitió al suboficial que mandara descanso,
toda la formación miró con cierta interrogante de
desprecio a Manojos, el cual con aire y pose de pasota insensible,
como el rompeprecios de mi recuerdo, murmuró: "¡Jo,
lo que siento es el disgusto que se ha llevado el capitán!
Son
muchos los que se regodean en dar disgustos a su competencia y sólo
saben dárselos por precio, pero les advierto de una sentencia
infalible: "quien sólo sabe llevarse los clientes por
precio, por precio los perderá".
Vindemial
Aldea
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