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A
las personas por su nombre
Siempre me sorprende la habilidad de originales técnicas
de venta que suelen ser valiosas lecciones y que pueden darse en
los lugares más insospechados, como aquel maestro de maestros,
vendedor de lavadoras, llamado Eduardo Serra, de mi artículo
del mes pasado. O como recientemente me ha sucedido en la playa
de Punta Cana de la República Dominicana.
Estábamos
allí un montonazo de gente del gremio disfrutando del viaje
de incentivos de Purflux, que otra vez ha sido un éxito de
participación, calidad y orden. Superándose cada vez,
como aquellos primeros whiskys de mi juventud que recordábamos
en la cena de despedida, donde el del cuarto día gustaba
más que el del primero. Este cuarto viaje al Caribe parece
que le hemos paladeado todavía mejor. Pero quiero dejar aquí
la pura crónica para contar con algún detenimiento,
dentro de lo que aquí cabe, la anécdota del vendedor
de souvenirs que insinuo al empezar:
Hay
en las inmediaciones de los Hoteles Bávaro un mercadillo
multicolor donde se ofrecen toda clase de baratijas para que el
turista sacie su ansia de cumplir con un recuerdito para cada cual.
El mismo grupo de vendedores que forman aquel conjunto ya se autodenominan
con bastante gracia "El Corte Inglés" y creo que
sólo le falta intercalarle el "mini". Allí
hay casi de todo y salero por arrobas para venderlo; no creo que
nadie de los muchos que deambulábamos por las cuatro callejuelas
que lo componen fuéramos capaces de salir sin una bolsita
conteniendo ilusiones para el fin del viaje. Pero es que veréis
con qué gracia y audacia me las colocaron a mí.
Íbamos
mi mujer y yo por el centro de una de aquellas callecitas mirando
que sí o que no podría interesarnos, y de todos los
puestos nos llamaban con insistencia invitándonos a pasar
y ver -"que no cobramos por mirar, pasen, comparen precios"-.
Era como un eco constante al que, más que contestar, rehuíamos
para evitar el asedio.
Pero,
de pronto, se me plantó un joven delante de mí, con
piernas y brazos semiabiertos, como si fuera a taparme el paso y
con una agradable sonrisa me tendió su mano que no supe rechazar.
-¿Qué
tal?, ¿cómo estás? Yo soy Manolo "El Buenos
Precios" y tú, ¿cómo te llamas?, ¿cuál
es el nombre de tu mujer? (que, mientras tanto, se había
adelantado unos pasos;) y en cuanto supo el nombre la llamó
con agrado y seguridad: "Sara, ven aquí que tu marido
está viendo lo que buscáis".
Efectivamente
entramos en la tienda, montada como en una jaima de lona sobre la
arena de la playa pero realmente ordenada, limpia y fresca donde
la arena se veía peinada y humedecida recientemente. Allí
había de casi todo, al menos de lo que podía interesar
a nuestras pretensiones del momento, y, en cuanto Sara se fijó
en una camiseta y nombró al sobrino para el que podía
servir, Manolo repitió el nombre como si lo conociera perfectamente,
la dobló con cuidado y la puso aparte, y sin atender a mis
preguntas sobre el precio dijo. "Ésta para Omar".
A ver cómo se llama el otro... Y así nos fue sonsacando
nombres, edades y tallas, reuniendo camisetas mientras eludía
hablar sobre el tema de precios tanto como yo insistía para
seguir argumentando.
-"Lo
importante es que reunamos tallas, colores y modelos para todos
y que tengas resueltos todos tus regalos; los precios luego los
ponemos entre los dos". Y efectivamente, en un pis pas, las
ajustamos todas a diez dólares que resultó ser el
precio medio del mercadillo.
Pero,
por su audacia y su habilidad para usar los nombres de las personas,
me las vendió todas él, y me recordó que esto
de nuestro propio nombre sigue siendo el sonido más grato
a nuestro oído, como ya he insistido aquí en ocasiones
anteriores, y ha de ser siempre bien utilizado en toda relación
humana, si queremos llevarla a buen fin, tanto vendiendo souvenirs
en Punta Cana como repuestos en la Península Ibérica.
Vindemial
Aldea
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