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Selección de personal

Desde que decidí ser empresario, y a lo largo ya de tantos años, he tenido necesidad y ocasión de entrevistar y seleccionar a muchos aspirantes a empleados, lo cual es tarea bien difícil en la que el que acierta, como creo haberlo hecho yo, a juzgar por mis colaboradores, puede decir que tiene gran parte del éxito asegurado.

Es éste un tema bien delicado en la práctica, y no menos meterse aquí a comentarlo, pues sé bien que hay opiniones dispares en cuanto al derecho de cada uno a ocupar el puesto que se ofrece, y no todos van a estar de acuerdo con la mía; por eso, más que abundar en mi criterio, limitaré mi espacio de hoy a comentar alguna experiencia y que opine cada cual.

En cierta ocasión se me presentó un joven de veintitantos años, que venía de parte de mi amigo Ángel de Tarancón, y nos pusimos a hablar de cosas aparentemente intrascendentes. Porque, ¿de qué se tiene que hablar en estas entrevistas cuando tienes que conocer lo más posible de una persona en tan poco tiempo? Los psicólogos de las empresas de selección de personal -que es a donde acudimos para estos casos desde hace tiempo- tienen sus tests, sus programas y sus cuestionarios; pero nosotros tenemos que ingeniárnoslas acudiendo a distintos temas que vayan interesando al otro hasta crear, si es posible, un ambiente distendido en el que aflore algo de la verdadera personalidad.

En esta andábamos ya un buen rato con el joven de mi recuerdo, cuando se me ocurrió preguntarle por sus estudios. Cambió de aspecto y hasta de tono de voz, y con ese aire propio de los que dicen que ya están de vuelta de todo, prácticamente, me reprochó.
-Vamos a ver, hombre, llevamos media hora hablando de cosas que no nos importan, sin decir nada del sueldo ni del horario y ahora me pregunta usted por mis estudios. Mire, tengo primero de tres carreras, que supongo será bastante cultura para ocupar el puesto de mozo o de dependiente. ¿Me quiere decir lo que da usted por trabajar aquí?
- Pues mire, lo que se dice dar, yo no doy nada -le respondí-. Le podía haber dado a usted la oportunidad de un trabajo pero ya veo que, más bien, somos incompatibles.
Y así acabó la entrevista, casi sin despedida, que debe de ser lo menos mal que podía terminar.

Quien se ve en la circunstancia de pretender un puesto de trabajo, no digo yo que tenga que revestirse de humildad, pero sí de cierta prudencia y buena predisposición a colaborar, como fue, sin duda, el caso de una señora cuya historia me impactó y por eso quiero traerla hoy aquí.

En tiempos de potsguerra, la señora a quien me refiero acudía diariamente a la puerta de un colegio donde le daban comida para sus hijos. Ella para compensar el favor pidió hacer algún trabajo dentro del mismo, ya fuera en la cocina o en la limpieza, pero, como a pesar de su insistencia sólo recibió negativas, decidió por su cuenta barrer todos los días la puerta del centro; hasta que un día al verla el director le preguntó el porqué de su actitud.

-Por salvar mi dignidad -respondió la señora-. Así me parece que me gano algo de la comida que me regalan.

Y éste fue el principio de un contrato de trabajo, dentro del colegio, que se prolongó por toda su vida laboral.

Son, ya se ve, comportamientos y personalidades antagónicas, como también, realmente eran distintas las circunstancias, y éstas, aunque siempre condicionen la conducta, no eliminan la personalidad.

Luis Martínez, un joven extraordinario que pasó con sobresaliente por este trance, cuando le pregunté si era del "Atleti" o del "Madrid" me respondió: "La verdad es que preferiría primero saber de cuál es usted". Trabajó con nosotros hasta que aprobó una oposición para funcionario, que era su verdadera meta, pero sigue viniendo de vez en cuando a vernos como a su casa.

Vindemial Aldea

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