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Empresas
duraderas
Según unos datos estadísticos, más o menos
bien fundamentados, sólo el veinticinco por ciento de las
empresas alcanzan los veinticinco años y el veinte por ciento
de éstas pasan a la segunda generación. Si damos por
buenos estos datos, que tampoco yo me los creo a pies juntillas,
habrá que reconocer que entre los escasos audaces que se
deciden por ser empresarios son escasísimos los que sirven
para el oficio, y apenas unos pocos de éstos (puede que ahora
se sepa con ese mapa del genoma humano) son los afortunados que
llegan a engendrar un ser con cualidades de sucesor.
Así, cuando coinciden estas carambolas debe de ser cuando,
en la mayoría de los casos, aparecen los empresarios y las
empresas que podríamos llamar de solera, como tantas veces
he citado aquí, porque viene a ser mi tema más manoseado.
Entre estos ejemplares con entusiasmo de luchador y voluntad continuadora
se encuentra mi amigo Ramón Valencia, de Puertollano, y algún
otro también de la provincia manchega que viene igualmente
hoy a mi memoria.
Ramón tuvo la mala fortuna de quedarse huérfano de
padre siendo un niño, y vió como su madre mantuvo
con dignidad la continuidad del negocio de venta de recambios, como
Viuda de José Valencia, que algunos años antes había
montado su padre. En aquellos años, tan duros para la familia,
tuve la oportunidad de conocerle cuando todavía él
iba al colegio y yo le visitaba en compañía de José
Vicente López Sempere (popularísimo representante
de la provincia recientemente desaparecido). Como Ramón creció
en el negocio, su madre le inició pronto, por principios
y por necesidad, y como además a él le venía
de casta se adiestró pronto en el oficio, y combinando estudios
y trabajo, en pocos años se convirtió en un colaborador
muy eficaz a la vez que un muchachote alegre, al que quiero recordar
que le llamábamos Moncho.
Fallan muchos datos en mi memoria que amenizarían este recuerdo,
pero lo importante de mi intención no son los pequeños
detalles sino destacar su condición de empresario que le
llevó a desarrollar aquel negocio inicial y convertirlo en
una nueva tienda espectacular, digna de admiración, además
de dedicarse a otros negocios que nada tienen que ver con nuestro
gremio pero que son igualmente de notable éxito.
Y hablando de nuestro gremio, de empresarios que continúan
y hacen crecer las empresas en segunda generación y aun sin
salirme de Ciudad Real, que es la provincia con la que me siento
por varias razones muy identificado, quiero citar también
a Miguel Negrillo de Repuestos Negrillo, en Tomelloso, otro hijo
de fundador también multiplicador de éxito que bien
merece un artículo en dedicación exclusiva. Como lo
merecen José y Esteban de Pedro Muñoz, aunque éstos
no son herederos sino fundadores de Joesa, una empresa igualmente
en expansión admirable. O Automoto, también de Tomelloso,
con Paco y Ángel a la cabeza del negocio, con un entusiasmo
ejemplar y una gracia que, como dicen por allá abajo "no
se pué aguantá", aunque Ángel realmente
es navarro y veló sus primeras armas en Orbaiceta, pero tiene
un torrente de chistes que para si los quisieran muchos de Despeñaperros
para abajo.
Quiero decir aquí, a los amigos que me leen generalmente
desde hace muchos años, porque se me está acabando
el folio, que esta página la empecé la noche de San
Juan en una cama del Hospital Gregorio Marañón, aquejado
de una angina de pecho, con la intención egoísta de
contaros todo mi episodio y dar las gracias a los facultativos y
personal del centro que me remendaron lo necesario para que fuera
en poco tiempo superada. Menos mal que unos días después
he vuelto a la cordura, digo yo, y a mi línea de siempre
para dedicársela a mis amigos manchegos, con apuntes más
interesantes y sobre todo más estimulantes y ejemplares,
para que alguno se anime a ser empresario que de esos aún
faltan, y más aún de los que duran.
Vindemial
Aldea
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