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De Tossa a San Feliu

Como todo, absolutamente todo, evoluciona a una velocidad tan endiablada que apenas nos da tiempo a asimilar el cambio constante, resulta que los que hemos tenido la suerte de hacernos mayores no cesamos en nuestro asombro al mirar al pasado comparándolo con el presente y caemos continuamente en la tentación de contar nuestras batallitas. Lo cual no debe de ser malo por si mismo a no ser que, cargadas de ego personal, dejen de aportar la enseñanza práctica de la experiencia. Vamos, algo así como lo que yo quisiera que fueran mis comentarios.

Quiero referirme hoy a la fantástica evolución (revolución mejor) que se ha producido en las comunicaciones, convirtiendo, por ejemplo, lo que era la lentitud del correo en la instantánea del teléfono -todos con un móvil en el bolsillo-, el fax, el internet, el chateo o la video conferencia, todo desarrollado en tiempo real que nos hace prácticamente omnipresentes.

Y no de menor interés, y más en relación con mi propia experiencia por tantos años de viajante en mi juventud, son los desplazamientos físicos: lo que era y es el viaje puramente profesional. Aquí nos movíamos a base de trenes, coches de línea u otros medios de transporte público, hasta que poco a poco nos fuimos motorizando, generalmente con el 600, que se convirtió en símbolo de distinción y poderío. Pero, mientras tanto, hay que ver las horas de día o de noche en las salas de espera de las estaciones para combinar, -a veces la única posibilidad en todo el día-, el traslado a la próxima plaza.

Así en cierta ocasión tenía yo que desplazarme desde Tossa de Mar a San Feliú de Guixols, y resulta que no había coche de línea aquella tarde ni hasta el medio día siguiente, lo cual me condicionaba a casi un día entero, en pleno verano, de inactividad forzosa, puesto que ya había visitado a los dos únicos talleres que tenía por clientes en Tossa. Comentando mi situación en la pensión donde había dormido, me informaron de que había una barca que hacía el trayecto con turistas y que también podría viajar yo en ella si quería aprovechar así la tarde, puesto que el trayecto, como saben bien todos los que conocen aquella costa, es muy corto, y más aún por mar que por carretera, al menos entonces que el coche no iba por la costa sino por el interior. Así que, con la idea fija de no perder mi tiempo, me dispuse a emprender el viaje.

Quién se imagina lo ridículo que puede llegar a estar y sentirse un hombre atravesando una playa llena de bañistas (porque la barca había que abordarla en plena playa), con traje oscuro, corbata y zapatos negros de cordones, con un maletón con la ropa necesaria para un mes de viaje en una mano y una cartera, también enorme, llena de muestras y catálogos en la otra, sorteando toallas y hundiendo los pies en la arena, blanco de todas las miradas, sudoroso, corriendo y tambaleante hasta llegar a la pasarela, estrecha, húmeda y resbaladiza que daba acceso a la barca, con apenas unos listoncitos transversales, bien pensados para los que la transitaban en chanclas y bañador pero no para mis circunstancias. De esta manera, entre titubeos y equilibrios, temiendo a cada paso dar con mis huesos y mi equipaje en el agua puse el pie en la barca y "navegué" como gallina en corral ajeno hasta San Feliú.

El recuerdo de estos hechos, sin duda necesarios para que podamos hablar de evolución, contrasta con el sin número de vuelos diarios de Madrid a Barcelona de hoy, las autopistas, AVE´s y demás adelantos que comentábamos al principio, pero no está de más un repaso nostálgico para recordar un poco como empezó todo esto.

Vindemial Aldea

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