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El muerto

Se vende por todo menos por no trabajar. Con esta verdad indiscutible enriquecía un contertulio la velada de una noche de hotel entre viajantes, donde se comentaban las mil y una formas que teníamos cada uno de realizar nuestro trabajo, cuyo rendimiento sólo se reconoce cuando se traduce en pedidos.

El anecdotario de los vendedores es tan amplio que no creo exagerar si digo, como ya creo haber dicho en alguna ocasión anterior, que atesora la mejor escuela y sabiduría del ejercicio del comercio.

Se vende por todo... por precio, por calidad, por servicio, por simpatía, por oportunidad, por poder de convicción, por pesadez... Por todo menos por no trabajar. Y quien sea constante, por pocas cualidades que tenga, tiene el éxito asegurado.

Sé de uno que logró un pedido semi imposible haciéndose el mudo. Y casi casi a tanto llegamos Don Arturo González Vázquez, -que era mi representante en la provincia de Pontevedra-, y yo, para logar la atención y un pedido de un cliente la mar de singular.
Siempre se ha dicho, entre vendedores, como regla elemental, que al cliente hay que hablarle de aquello que le interesa si hay forma de saberlo o intuirlo, e inmediatamente, una vez provocado el tema, escucharle con atención. Bien, pues el hombre de mi recuerdo tenía la peculiaridad de que no hablaba de nada, vamos es que no contestaba ni los buenos días. Los viajantes de la época que visitábamos la zona le llamábamos "el muerto", porque realmente lo parecía. Si conseguías que alargara la mano al encuentro de la tuya, te la daba de una forma tan lacia y fria que tenías la sensación de coger una pescadilla colgando. Inmediatamente se apoyaba en el mostrador, perdía la mirada al frente como una estatua y, por mucho rollo que tuvieras, él seguía impasible hasta que te desinflabas, y entonces solía decir a media voz: "De eso tengo".

El caso es que vendía bastante, sobre todo a los mecánicos, a los que despachaba con destreza y amplio conocimiento del repuesto, por lo tanto no tenía más remedio que comprar, pero prefería hacerlo por carta.

Con el suficiente conocimiento, como ya queda dicho, de sus maneras y su comportamiento, nos disponíamos cierto día, una vez más, a la visita rutinaria cuando Don Arturo (siempre nos tratamos así por la diferencia de edad) me dijo: "A ver, usted que tanto sabe de provocar respuestas y suscitar temas que interesen al cliente, ¿de qué le vamos a hablar hoy a éste para captar su atención?"

-Pues mire, lo único que sabemos de él es que no le gusta hablar, de modo que si usted es capaz de seguirme entramos a verle y no decimos nada, salga el sol por Antequera, de cualquier forma creo que no voy a volver a entrar.

Y "pensat y fet", con el autodesafío de a ver cuanto resistíamos sin hablar nos plantamos ante él. Puse mi cartera sobre el mostrador, sin ofrecerle la mano, pronuncié a media voz un ¡hola!, y, apoyándome en el codo derecho con pose de vago indolente, me volví lentamente hacia la calle manteniéndome así unos treinta interminables segundos hasta que crucé la mirada con don Arturo que permanecía sombrero en mano, a unos tres metros de mí, y que, al no poder aguantar la situación, fingió algún olvido o necesidad inminente y salió del establecimiento a explotar de risa en la calle. Yo permanecí impasible creo que otra eternidad hasta que ¡oh milagro! el hombre me preguntó.

-Y luego ¿qué hay de nuevo?
"Va, lo de siempre..." y seguí callado. Volvió a preguntar.
-¿Tienen filtros de la Sava nueva?...
-Ha de haber..." le contesté.
-Enviéme una caja". Añadió él.

Y, sin hacerle siquiera la pregunta obligada de ¿alguna cosa más?, me disponía a arrancar su copia del talonario de pedidos cuando fue añadiendo referencias hasta completar un pedidito como jamás nos había pasado.

Yo no diré a ningun vendedor que tome el ejemplo, pero hasta esto es mejor que no trabajar y sigue dando la razón al que dijo que se vende por todo.

Vindemial Aldea

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