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Una vuelta por la plaza
Llega
la Navidad y nos empeñamos en transmitir mensajes de amor
como si sólo debiéramos de amarnos en esos días.
Todos los regalos, los dulces, los adornos, villancicos y millones
de vatios en luces por doquier, y sobre todo comida, mucha comida,
cuando más cara está y menos hambre tenemos. Pero
eso sí, mucha cena, que apenas comemos ni compartimos porque
rara vez sabemos buscar en nuestro entorno al verdadero necesitado,
ni es cuestión a estas alturas de volver a la ñoñería
del "siente usted un pobre a su mesa" aunque tuviera lo
suyo de positivo en los años en que se divulgó.
Pero
no va mi intención por la crítica a las costumbres,
que además coinciden con las mías, y quizás
por eso en estas fechas procuro olvidarme de repuestos, empresas
y descuentos y traer aquí algún comentario más
humano, como puede resultar el siguiente:
Alrededor de una mesa verdaderamente humilde, vieja, más
bien pequeña y baja, íbamos tomando posiciones más
comensales de los que se podía suponer que podían
caber. Los asientos, de lo más variopintos; alguna silla
de anea, otras de tablas y algunos sillines y banquetas, se iban
acomodando con el fin de ir ensanchando el corro para dar cabida
a todos los que teníamos que compartir el cocido del día
de la fiesta mayor. "El día de la función"
dicen allí, en El Real de San Vicente, -un precioso pueblecito
de la provincia de Toledo-, donde yo acababa de llegar por primera
vez para conocer a la familia de mi novia.
Era
el día grande, había venido el novio de la menor,
alguno de los hijos mayores, ya casados, asistían con sus
parejas, y la madre, plena de felicidad sin duda, se debatía
entre la alegría de tenernos allí y las dificultades
de acomodarnos de la mejor forma posible. Pero se ve que esta saturación
de la capacidad de su hogar no coincidía con la suya propia
ni con su noble generosidad, puesto que en medio de aquel ajetreo,
dirigiéndose a uno de sus hijos le dijo:
- Ángel,
¿has dado la vuelta por la plaza?
- Sí,
madre, no hay nadie -le contestó, al tiempo que se sentaba
en el hueco que se había procurado entre dos de nosotros.
- Vale,
hijo, pues entonces vamos a comer.
A mí se me escapaba todo el sentido de aquel pequeño
diálogo y tuve que preguntar a Pili -que era mi novia- que
significaba o por qué su hermano tenía que dar una
vuelta a la plaza antes de empezar a comer. Y sin darle ninguna
importancia, como el hecho más natural al que estaban de
siempre acostumbrados, me aclaró: "es que tiene que
ver si queda algún forastero por la plaza que no tenga donde
ir a comer para traérselo a casa..."
Lo
que para aquella familia, -que desde entonces es la mía-
y en aquel lugar era un hecho sin importancia, vino a representar
para mí todo un símbolo de fraternidad que llevaba,
en su sencillez, toda la carga de auténtico amor al prójimo,
sin más finalidad que la de compartir el pan y la alegría.
Algo así como un verdadero mensaje de Navidad, de esa Navidad
auténticamente cristiana y entrañable como todos quisiéramos
que fuera.
Por eso, con la intención de recuperar un aliento de fraternidad,
amor y buena fe, que, como decía al principio, parece que
nos afanamos en revivir en estos días, traigo después
de tantos años el recuerdo de este hecho cuyos valores estarán
siempre de actualidad.
Felices Pascuas.
Vindemial
Aldea
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