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El préstamo

Se suele decir, y creo que con bastante fundamento, que los bancos dan dinero al que no le hace falta. Nuestro gremio está lleno de magníficas empresas que empezaron literalmente sin un duro, y a base de entusiasmo, constancia y seriedad han alcanzado fama, prestigio y situación admirables.

En todos estos triunfadores, que vendrán inmediatamente a la memoria de quien esto lee, y que en muchísimos casos serán ellos mismos el ejemplo más cercano, ha de coincidir ese denominador común de la escasez de medios en el principio y la falta total de apoyo financiero sin un aval que garantice cumplidamente el riesgo.

Las ayudas, normalmente necesarias a quien se inicia, no suelen venir, como digo, de los bancos, sino de los proveedores que, conocedores de la persona y el proyecto, asumen la decisión de participar en el riesgo.

Durante nuestro reciente vuelo al Caribe para incorporarnos al crucero que ha organizado Purflux (otra vez con gran éxito, lujo y participación, merecedor de una amplia crónica más que de esta cita) charlábamos distendidamente con Ceferino Menéndez, de Motor Diper de Madrid, sobre sus principios como empresario, de como decidió renunciar a un puesto de trabajo para iniciar esta emocionante aventura en compañía de otros dos, para, en muy poco tiempo, resolver que tenía que seguir él solo por distinto camino y con la tercera parte de las escasas existencias que componían aquel mínimo negocio.

Pero antes de seguir con el éxito de Ceferino como recambista ejemplar, o mis comentarios sobre lo injusto, aunque lo entienda lógico, de la concesión de créditos, voy a ver si me cabe también en este folio una referencia al virus que él y yo hemos pillado en el viaje, y que nos tuvo tres o cuatro días con fiebre y peor cuerpo que el de Cuasimodo: él lo enganchó un día después que yo y seguía la misma evolución y tratamiento, hasta que al tercer día me lo encontré agarrándose el pecho y tosiendo como yo el día anterior y me preguntó: "Vinde, dime, tú que vas delante, ¿cómo voy a estar mañana?". "Pues mañana, amigo mío, vas a tener una diarrea como para no salir del camarote..."

Afortunadamente para él no fue así, porque, claro está, no somos iguales. Si fuéramos iguales, también yo habría triunfado de forma espectacular y tendría una cadena importante de tiendas de repuestos que serían envidia y admiración del gremio.
Ceferino, que yo sepa, no tuvo créditos blandos ni avales millonarios. Tuvo, eso sí, mucho entusiasmo, constancia y el prestigio que supo merecer de sus proveedores. Porque no es difícil intuir su seriedad viendo su comportamiento. Hay personas que llevan la nobleza en el semblante.

Hace mucho años, cuando la carretera de La Coruña pasaba todavía por el centro de San Rafael, donde había, y creo que sigue, una gasolinera, paré a repostar a media noche de un sábado en dirección a Madrid. Cuando me disponía a arrancar, se me acercó un hombre preguntándome que si yo era de Madrid y afirmando que él también lo era; y en base a esta "afinidad" me pidió si podía prestarle 300 pesetas, para echar gas-oil a su camión para llegar a Madrid (por entonces con 300 pesetas había gas-oil para 100 km).

Como realmente el hombre estaba en un apuro me ofreció algún objeto o documento en prenda. Pero tenía cara de buena persona, y tras breves comentarios, le dí lo que me pedía con una tarjeta de visita, diciéndole: "Creo que es usted un hombre honrado y mañana vendrá a mi casa a devolvérmelas".Y con la certeza de que así sería llegué a casa casi dos horas después y le conté a mi mujer lo sucedido.

-Desde luego, hijo mio, a ti es que te lía cualquiera, ¿y por qué no le coges por lo menos la dirección?.

- Pués nada chica, ni la matrícula. Estoy seguro de que mañana aparecerá por aquí.
Nos quedamos profundamente dormidos tras estos comentarios, y en lo que pareció pasar un ratito impreciso, sonó el timbre cuando sólo eran las ocho de la mañana del domingo.
Allí estaba mi hombre a devolverme el dinero y a darme las gracias y la mano de despedida.

-No señor, le dije, usted es más noble que yo y le ruego que pase a tomar un café conmigo.

Lo cual nos proporcionó una recíproca satisfacción de amistad impensable en la gestión de un préstamo.

Puede que cualquier financiera hubiera iniciado los trámites de tan insignificante crédito, pero nunca en base a su cara de buena persona, que deberá ser un aval en este mundillo en que nos movemos.

Vindemial Aldea

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