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Esto era un buen negocio

Hace poco tiempo que he pasado por la puerta de lo que fue un gran distribuidor de recambios, admiración y envidia del gremio y meta muy difícil de alcanzar por los vendedores del sector, porque su capacidad de compra, si había acuerdo, podía aliviar la facturación de algunos fabricantes. Hoy, los locales están destinados a otros negocios y sólo su ubicación me recordó su esplendor como recambista en tiempos no tan lejanos. Claro que esto de no tan lejanos puede ser una apreciación muy personal, quizá la generación que aporta la verdadera energía actual apenas los recuerde.

Intento siempre escribir sobre éxitos, vidas o anécdotas de triunfadores, experiencias aleccionadoras; buscando impulsos positivos que transmitan algún mensaje de entusiasmo y superación. Pero tampoco estará demás que alguna vez nos paremos a considerar el por qué de los fracasos. Intento harto difícil, ya que en la mayoría de los casos ni los fracasados lo saben, y en la totalidad, si lo saben, jamás lo confiesan. El fracasado siempre encontrará culpables a quien achacar la culpa que probablemente sólo tuvo él.
Carlos Perera, tan sobradamente conocido entre los lectores de esta revista, que no creo que necesite más presentación que su propio nombre, envía todos los años un calendario de mesa que es a su vez un cubilete portalápices con una frase, siempre muy acertada, para que la tengas ahí delante todo el año. En la que tengo ahora sobre mi mesa dice: "En el 2001 recuerda: a nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa ".

Ël dice que la escribió pensando en un candidato al fracaso, y yo quiero añadir que candidatos somos todos porque a la mínima que te duermas te lleva la corriente y ya estás buscando responsables.

Estos giros que llevan a la desaparición de los negocios se suelen dar, además de por otras causas, en los cambios generacionales, algunos en el primero y más en el segundo; todos recordamos alguna. Así en cierta ocasión, hablando con un señor mayor que había fundado una buena ferretería en Urda (que también dicen que es el pueblo de las petacas), no sé por qué, llegamos a considerar el concepto de ricos y pobres y me preguntó:

- ¿Sabe usted quién son los pobres de los pueblos?
- Pues hombre, me imagino que, como en todas partes, serán los que menos tienen, los que necesitan la ayuda de los demás, aquellos a quienes menos les ha sonreído la fortuna ……
- Pues no señor, - me contestó con su sabiduría rural de viejo manchego -, los pobres de los pueblos son los nietos de los ricos.

Ni él ni yo, que era bien joven por entonces, lo acabábamos de descubrir, pero me hizo recordar muchas historias conocidas, como yo las estoy haciendo recordar ahora. Claro que ese concepto de ricos y pobres llevado a términos rurales y a dos generaciones atrás, es poco comparable a los bienes y los medios que nos proporcionan la calidad de vida actual. La medida de la riqueza se solía tomar, principalmente, por la cantidad y calidad de las tierras que se poseían, así como su conservación y buen aprovechamiento.
Cuentan que un padre, cuando en su vejez llegó el momento de entregar su huerto al hijo le advirtió: "Sabes que este huerto tiene buena tierra y buen riego y que ha servido, desde que naciste, para alimentar en buena parte a la familia, no lo vayas a convertir en era". -Padre, ¿cómo se me va a ocurrir echar la era en tan buena tierra?
- No, hijo, no, - le aclaró el padre- lo que yo quiero decir es que nunca pases por el camino diciendo éste huerto era mío.

¿Cómo se podría haber evitado que los descendientes de aquel recambista del principio, al pasar por aquella calle tengan que decir como dije yo: esto "era" un negocio impresionante?

Vindemial Aldea

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