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La salchicha

La alegría de los pobres /señores qué poco dura/ ahora que íbamos muy bien/ se nos ha muerto la burra. Así canturreaba mi abuela y creo que casi todas nuestras abuelas cuando las cosas, sobre todo de índole económica, empezaban a ir mal en la familia o en el entorno. Y así me viene a mí el recuerdo de la coplilla cuando parece que se empeñan en darme la vara con que viene , que viene y que se anuncian malos vientos. Por un lado la repercusión económica que puede traer la terrible inestabilidad mundial, que sabe Dios por dónde irá ya cuando estas letras vean la calle. Y por otro la taimada competencia que nos acosa, (hablando del recambio libre) y según se expuso en la reunión del (C.D.A.) Club de la Distribución para la Automoción, convocado por Ancera y celebrado el 20 de Septiembre en el Hotel Chamartín de Madrid, donde con un vídeo de dibujos, eso sí, muy gracioso, se nos vino a advertir que si no reforzamos nuestra unión nos arrollarán poco a poco los fabricantes de vehículos con sus estrategias de mantenimiento en la postventa y la potenciación del prestigio del equipo original.

Pero no quiero estar dispuesto a dejarme influenciar tanto, y menos a renunciar a mi optimismo. No voy a dejar que, "se lleven mi queso" porque como casi todos los de mi generación ya las pasé muy canutas. Habrá que reforzar la unión, la oferta y el ingenio; todo menos pensar que se nos ha muerto la burra o que nos vamos a comer la última salchicha.

Esto de recordar la salchicha viene a ser una especie de rebelión como aquella última frase de Escarlata en "Lo que el viento se llevó": "Juro que no volveré a pasar más hambre". Porque la historia que viene a mi memoria y no me resisto a contar, quizás dejó en mí una cicatriz con un sentimiento parecido.

Hace muchos, muchísimos años, por la primavera de 1.950, cuando en este Madrid sólo algunos afortunados habían empezado a quitarse el hambre, y yo, que acababa de llegar, estaba muy lejos de pertenecer a ese grupo de privilegiados, andaba una tarde de domingo merodeando por la Glorieta de Iglesias (Plaza del Pintor Sorolla para ser exactos) y me paré en la puerta del Bar Chamberí (hace años desaparecido) contemplando, creo que por primera vez en mi vida, unas salchichas de Frankfurt que las calentaban en un artilugio de punta y luego las colocaban en un mini panecillo, formando un conjunto tan apetitoso que se me hacía imposible apartar la vista mientras pasaba la lengua por mis labios y tragaba la saliva que sobraba en mi boca. Algún tiempo después supe que aquello se llamaría perritos calientes. Entré a preguntar lo que valía. "Dos pesetas". Justo mi presupuesto del domingo; el precio de la entrada del Cine Montija para un programa doble o aquel festín era el dilema que se me planteaba, y lo resolví como casi siempre, obedeciendo al cuerpo. Así es que pedí aquel bocado de mis deseos y mientras me lo entregaban busqué en mi carterilla las dos pesetas, que por entonces eran de papel y generalmente bastante mugrientas. Estiré ambas manos una para coger el bocadillo y otra para entregar el dinero, pero todavía tenía la cartera entre los dedos y al retirarme del mostrador quise cambiar las cosas de mano para guardar la cartera en mi bolsillo interior y …. ¡Oh torpeza! La salchicha cayó al suelo sobre el serrín que lo protegía. No pude ver las caras de los que me rodeaban porque no fui capaz de levantar la vista, fija en mi manjar perdido, ni tampoco tuve valor para recogerla y limpiarla que es lo que hubiera hecho si llego a estar solo, tampoco le dí una patada de rabia al maldecirla, sólo la arrimé suavemente con mi pie al mostrador y salí sin mirar a nadie a pasear mi desconsuelo por Santa Engracia arriba.

Estuve muchos años sin tomar este tipo de salchichas y todavía no las tengo simpatía, pero creo que tampoco es lógico, ahora que lo releo, que haya derivado yo hoy a este melodrama en mi artículo de opinión sobre la crisis que ni siquiera la hemos sentido todavía porque seguimos vendiendo como antes, así que no me hagáis ni caso y si viene la crisis haremos lo que dice Toni López de Cartés Catalunya: la trataremos como a una competencia más.

Vindemial Aldea

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