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Postales
sin sello
Yaiza
es un pueblo limpio y bello, como dicen que era la princesa guanche
que dio origen a su nombre y como lo son, sin duda, muchas mujeres
canarias que, sobre todo en esta isla, llevan también ese
nombre. Está hacia el sur de Lanzarote y en él hizo
parada el autocar que nos llevaba para la excursión de una
vuelta por la isla. Es todo tan pintoresco por allí y yo,
por entonces, un turista tan poco experimentado que disparaba la
cámara a diestro y siniestro siempre con la ilusión
de que parientes y amigos van a aguantar luego la sesión
de fotos y los comentarios de la aventura. Porque lo que uno cuenta
no son incidencias normales de un viaje normal, son las aventuras
de todo un safari lleno de riesgos y emociones, y encima de Lanzarote,
con fotos montados en camellos, que veinticinco años atrás
no veas como molaban, aunque hoy las tengamos casi todos.
Lo
de aguantar la sesión de fotos era una paliza, pero ni comparación
con lo que vino a ser unos años después lo del video.
¿Quién no ha sufrido una tarde de cintas interminables
a cambio de un güiskito, que al final tienen que ser dos y
tres veces hielo porque, de verdad, aquello no se acaba nunca; y
encima el anfitrión que es el que maneja el mando, le da
para atrás para que le vuelvas a ver bajar del autocar en
una toma que hizo su mujer. Y así hasta que los invitados
acaban prestando menos atención que los pasajeros del puente
aéreo a la azafata que explicaba las normas de seguridad
en medio de los pasillos mientras todos, absolutamente todos, leían
el periódico indiferentes. Menos mal que también ahí
han puesto un video.
Decía
yo que andaba haciendo mis fotos aprovechando la larga parada; pero
se ve que ya no confiaba mucho en mis habilidades de fotógrafo
y decidimos (venía mi mujer conmigo) comprar unas postales
que esas sí suelen tener calidad y son garantía de
representar las mejores vistas de cada sitio. Escribimos las direcciones
de algunos parientes y la frasecita de rigor para que le dé
valor a la distancia y nos fuimos al estanco con intención
de franquearlas - por entonces se solía hacer con la cara
de Franco -; pero ni con la cara ni con otros dibujos, el estanco
no tenía sellos y nos quedábamos con la ganas de echarlas
al buzón cuando volvimos al mismo bar donde las habíamos
escrito a preguntar si había otro sitio donde comprar los
sellos.
-No
se preocupen, -nos dijo un caballero del bar muy amable-, echen
las postales y el dinero de los sellos al buzón y el mismo
cartero se ocupará de ponerlos. Eso sí, échenle
también una propinilla.
Nos
sorprendió tanto la propuesta que llegamos a dudar de que
hablara en serio. ¿Quién no llega a sospechar de semejante
sugerencia en un mundo en que cada día la picaresca nos descubre
nuevos timos que se los traga cualquier incauto? El engaño,
de cualquier forma, si lo era, iba a ser muy pequeño. Pero
también lo era aquel -le recordaba yo a mi mujer- que ponía
un anuncio en la prensa pidiendo veinte pesetas en sellos a cambio
de una fórmula para ganar dinero fácil, y contestaba
a todas las cartas diciendo: "Haga usted lo que yo, pida poco
pero a muchos". (Por la época del timo debía
de costar 2 pts. el franqueo).
Como,
efectivamente el riesgo era mínimo, optamos por hacer lo
que se nos dijo, porque si salía bien era una anécdota
merecedora de recordar.
Por eso, tantos años después, coincidiendo con la
Navidad, cuando no quiero escribir nada sobre nuestro sector, aprovecho
para dar las gracias a aquel cartero anónimo de Yaiza que
con un hecho tan sencillo, como hacer que llegaran mis postales,
consiguió algo tan importante como que yo reafirmara la confianza
en la buena fe de la gente, y que hoy, a él, como a tantos
hombres que consiguen algo de felicidad para los demás a
base de pequeñas cosas buenas, les diga agradecido: ¡¡¡
Felices Pascuas !!!
Vindemial
Aldea
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