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Yo tenía una peseta

Ahora que se acaba de ir para siempre, le ha llegado también el día de las alabanzas. (Ojalá que tardéis mucho en hablar todos bien de mí en el mismo día). Ahora que nos ha dejado se acumulan sus recuerdos y la nostalgia de su compañía, recuerdos más hermosos cuanto más lejanos, pues las últimas pesetillas han sido tan humildes y menospreciadas las pobres que apenas en algunas farmacias se les consideraba su valor. Pero a medida que vamos para atrás, vamos redescubriendo su importancia, que va cada vez a más, cuanto más lejanas son las anécdotas; hasta llegar a considerar que una peseta eran cuatro reales, diez perras gordas o veinte perras chicas, que también de una perra chica se apreciaba el valor adquisitivo, pues en mi más tierna infancia daban por ella cinco caramelitos de los que venían sin envolver. Debió de ser por entonces cuando Doña Irene Alegre montó en Astorga un restaurante en el que el cubierto costaba una peseta y lo llamó así "La Peseta". Hoy sigue con el mismo rótulo en la Plaza de San Bartolo, lo dirige un descendiente suyo, Luciano, a quién, no sé porqué, todos le llaman Curro y que mantiene la fama del negocio aunque no el precio. Mi amigo Pepe Bardal, otro famoso restaurador de Pradorrey, ya le ha advertido que debe actualizarlo y llamarlo "El Euro", aunque habría que ver que cubierto se podría dar ahora en Astorga por un Euro, como no sea una mantecada.

Era tan distinguida, tan valorada y amada una peseta con su brillo y tacto de auténtica plata, que en agradecimiento a la hospitalidad que mis padres le dieron a Don Jesús, un montador mecánico que estuvo algunos días montando una turbina en el molino de Fuentelmonje, donde ya he dicho alguna vez que di mis primeros pasos, que al marcharse quiso corresponder con una peseta para todos los hermanos. El reparto fue fácil; en cuanto traspuso Don Jesús, mi madre nos la guardó tan bien que nunca más se supo.
Ahora, que para manejar bien esto de las pesetas y los hijos nadie como Doña Perfecta, la madre de un pariente mío, que algo después de lo de Astorga, en los años del hambre rabiosa de la posguerra en Madrid, como era viuda, tenía muchos hijos y tan poco que meter al puchero a la hora de comer les proponía a los chicos: al que no coma le doy una peseta. Algunos aceptaban el sacrificio por la ilusión de ser dueños de una peseta, que debía servir sólo para presumir de tenerla, que molaría un montón, pero que era mejor no gastarla pues a la hora de la cena el planteamiento de Doña Perfecta era a la inversa: el que me dé una peseta cena...y !claro! volvía a coger algunas pesetillas para cuarto y mitad de boquerones con los que negociar al día siguiente.

Una peseta era una aportación generosa al cestillo de la iglesia en los años 50. Por una peseta nos devolvieron una letra desde Establecimientos Núñez de Vigo el año 81, porque según sus cuentas habíamos girado por 51.401 lo que en una suma mal hecha daba en factura 51.400. Por los gastos de devolución nos cobró el Banco Central 70 pesetas, con lo que se demuestra, una vez más, que los bancos si han sabido en cualquier época valorar la peseta y sacarle rentabilidad. Así les ha ido siempre mejor que a los recambistas, a ver si con el redondeo del Euro nos resarcimos y se nos pasan las nostalgias de la pesetilla que tuvimos y se fue.

Vindemial Aldea

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