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Para ser conductor de primera…

Acelera, acelera... Parece mentira que durante tanto tiempo, tantos años, quién sabe cuántos ni cuándo, esta canción apareció para convertirse en monserga obligada en casi todas las excursiones en autocar, donde desde niños y luego de adultos la hemos coreado, como himno de homenaje y estímulo al conductor, que se suponía había de ser un buen bebedor. Que lejos debía de estar el concepto del antagonismo entre el conducir y el beber para que prosperasen con éxitos semejante exaltación del vino en el oficio.
Pero está tan arraigada la adicción al alcohol en nuestra cultura, son tantas las canciones dedicadas a exaltar al vino y justificar su abuso, que tampoco es de extrañar que se llegaran a proclamar sus bondades como ayuda a la pericia del buen conductor, ni debe sorprender que, al fin, se haya llegado a los actuales controles de alcoholemia en busca de seguridad en el tráfico.

El vino seguro que no mejora la pericia del conductor, pero aumenta la audacia y el riesgo. Cuántas malas noches le habré dado yo a mi ángel de la guarda en tantos años de viajante en mi juventud. En cualquier ciudad de España entraban los amigos que cabían en el 600 y, ¡ala! Siempre había que ir a unos cuantos kilómetros a comer alguna especialidad bien regada del mejor vino, -sí, del mejor, porque no hay pueblo que no presuma de tener el mejor vino, y, si además de bueno es abundante, el resultado ya se sabe-; y con éste resultado había que volver a la ciudad y dejar a cada uno en su casa para que recibiera, según el caso, los reproches por la hora y la carga, que bien podía decir como el del cuento: "Vengo tan cargado por no echar dos viajes". Y yo siempre el último al hotel, porque además aquí nunca me regañaron por llegar tarde. Hubo uno que tras recibir la bronca pertinente le dijo a su mujer: "Maribel, te prometo que ya no voy a beber más, ahora, menos tampoco".

El anecdotario de los efectos del vino es inagotable, y servirán estas líneas para que entre mis lectores se recuerden otras mil, sin llegar a creer que el gremio de la gasolina sea más dado a doblar el codo, a pesar de algunas afirmaciones.

Si no es cierto que en todos los pueblos hay el mejor vino, sí lo es que en todas las partes es bueno, aunque sea tan indefinido como el de "la Asunción", porque como dicen los adictos: metidos en laberintos igual da blanco que tinto.

Había una taberna en Valladolid, en la plaza de la Chancillería junto a la Iglesia de San Pedro, allá donde se despedían los entierros, (con cuya situación tenían asegurada la venta de la primera copa a los que se volvían del duelo), que su dueño, el popular Baldomero, tenía entre sus rarezas la de despachar sólo vino tinto; como yo lo ignoraba, cuando mis amigos me llevaron por primera vez, me indujeron a que pidiera el blanco especial de la casa. ¡En qué hora! Me llevé una bronca que no quiero ni recordar, mientras toda la clientela se partía de risa. Félix de Auto Accesorios Mundo recuerda bien el hecho, como lo recordarán tantos de Valladolid pues la historia, repetida cada vez que entraba un novato, le dio gran popularidad. No sé bien por qué, cuando el color del vino no tiene mayor importancia según mi amigo Luis, también vallisoletano, de Ataquines, que afirma que "en siendo vino aunque sea azul marino".

Tantas alusiones a las alegrías, efectos y defectos del vino en que he venido a extenderme hoy, no han de servir para justificar el mensaje del principio sino el contrario "si bebes no conduzcas" o mejor aun "si has de conducir no bebas, no tengas prisa por jugar al mus en el cementerio".

Vindemial Aldea

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