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Carmín
en el pañuelo
Ya
hemos dicho y escrito muchas veces que una de las primeras cualidades
del vendedor es conocer bien el producto que vende. Las pasadas
Navidades quise comprar un juguete, que me pareció tan moderno,
para uno de mis nietos, pero la vendedora, claramente contratada
para el barullo de esos días, no supo explicarme el funcionamiento
y se limitó a decirme que dentro venían las instrucciones.
Naturalmente no me lo vendió.
En
el recambio del automóvil, donde siempre se ha presumido
de conocimiento y dominio, ya se empieza a despachar por la referencia
que aparece en pantalla sin conocer la pieza y menos cómo
y dónde va montada.
Claro
que aquí, lo normal es que vaya a parar a las manos de un
mecánico que sí sabe lo que hay que hacer con ella;
lo malo es cuando no sabe ni el que compra ni el que vende, que
es lo que vino a coincidir más o menos en la prueba de una
lavadora allá en mis tiempo de vendedor a domicilio.
Habíamos
concertado la demostración en una prospección anterior,
y allá nos presentamos Antonio Vega y yo con toda la intención
de ensalzar la virtud de la lavadora Hogel, que fue de las primeras
que se empezaron a ver por aquí y que era tan sumamente simple
que no tenía ningún parecido con las de ahora: consistía
en una especie de cubeta de aluminio con un rotor lateral que giraba
impulsado por un pequeño motor eléctrico y producía
unas turbulencias en el agua que, previamente enjabonada, conseguía
a base de vueltas, el milagro del lavado.
Estábamos
en la calle Malasaña, en Madrid, en casa de dos señoras
muy mayores, hermanas ellas, que escuchaban con atención
y sorpresa los elogios y la ponderación con que adornábamos
las cualidades de tan novedoso invento. Y conviene insistir aquí
en que la presentación de una lavadora era todo un "show",
normalmente bien ensayado, que debía de impactar creando
el deseo de poseerla, así se le iban atribuyendo sucesivamente
cualidades y capacidad para eliminar cualquier suciedad de la ropa,
asegurando, incluso, que hacía desaparecer las manchas del
carmín de los labios en toallas y servilletas, sobre lo cual
solían tener las señoras malas experiencias.
Para
causar una impresión más espectacular pedíamos
una toalla para añadir a la colada, a poder ser blanca y
limpia y una barra de labios, la extendíamos pidiendo a la
señora que sujetara de un extremo y pintábamos mostrando
gran seguridad, una equis, empezando a rayar siempre por la parte
más próxima a la señora de modo que aun pasando
suavemente el carmín sobre los rizos o felpas se veía
muy marcada la mancha desde su lado, aunque apenas se advirtiera
desde el nuestro, se introducía inmediatamente en el agua,
y con la certeza de que una mancha tan leve y reciente desaparecería
en unos minutos, se daba un poco de conversación y a esperar
la cara de asombro.
Pero
mira por donde las señoras quisieron aprovechar la ocasión
para que les laváramos un pañuelito de seda y encaje
que conservaban de su infancia con tanta estima, y una sobrina suya,
por llevarlo a una boda, lo había traído perdido de
carmín. Quise evitarlo argumentando que una prenda tan delicada
y antigua era preferible lavarla a mano, pero Antonio, que tenía
menos experiencia y más fe que yo en la máquina, quebró
todos mis argumentos y arrebatándole el pañuelo dijo:
"Traiga
usted señora. Verá qué blanquito queda".
Y lo metió con sus manazas entre la colada.
Cuando
fuimos pasando la ropa limpia entre los rodillos del escurridor,
aquellas señoras no cesaban en su asombro hasta que cuando
casi habíamos vaciado el agua de la lavadora, que se conseguía
bajando una goma exterior a nivel del cubo y después a la
taza del servicio, preguntaron:
-Oiga
usted, ¿y el pañuelito?
-Estará
entre la ropa- contesté .Y allí busca que te buscarás
y nada, que no aparecía.
-Quizás,
como era tan fino se haya ido por el desagüe-comenté.
-Parece
imposible- insistían.
-Pues
no se me ocurre otra posibilidad y de verdad que lo lamento señoras.
Cuando al fin salimos a la calle se seguía preguntando Antonio:
"Digo yo, ¿cómo ha podido desaparecer el pañuelo?".
-Animal
¡si no lo hubieras metido! Míralo aquí en mi
bolsillo, el encaje por un lado y el centro por otro y todavía
con carmín.
Y es
que sigue siendo imprescindible: hay que saber lo que se vende.
Vindemial
Aldea
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