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El que regala bien vende

Practique la elegancia social del regalo". Con esta frase tan bien pensada pretendieron unos grandes almacenes, a base de repetirla, que nos esmeráramos un poco más en elegir mejor lo que íbamos a regalar a otros, y sobre todo, que regaláramos más cosas, a ser posible comprándolas allí, y seguro que lo consiguieron.

El regalo bien hecho, oportuno, pensado para quien lo recibe, seguro que es una "elegancia social", y además lo lógico, en muchas ocasiones, es que devuelva a quién lo hace, compensaciones que superen al mismo, aunque solo sea por la satisfacción de saberse correspondido. El agradecimiento a un detalle acertado, que no tiene, necesariamente, por qué tener un valor material, puede ser muy superior en significado, y más aun si es espontáneo, como el que tuvo Lina Morgan con David Reuter.

David era un chaval norteamericano, de Denver, que pasó un verano con nosotros, con el fin de aprender algo de español, mientras nuestro hijo andaba por allí con el mismo propósito. Tendría unos 17 años y era "hermoso y rubio como la cerveza" (nunca me han mirado tanto las chicas como cuando paseaba con él) y con sus cuatro palabras en nuestro idioma y sus ocurrencias, la verdad es que solía caer muy bien.
Un día fuimos a ver a Lina Morgan al teatro La Latina y al finalizar la obra pasamos al camerino a saludarla. Ella, que sigue siendo tan simpática fuera del escenario, atendía a las personas que quisieron hacer lo que nosotros, y cuando saludó a David, tras unas breves palabras, al despedirlo le dio un beso en la cara; él, mirándola atentamente, puso su mano sobre la mejilla donde había recibido el beso y dijo:

“Ya nunca yo podrá volver a lavar este lado de mi cara”.

Y Lina, mirándole con esa expresión incomparable de estrella cautivadora que sólo ella tiene, le replicó.

“Hijo mío, ¡qué piropo tan bonito!”, y acercándose de nuevo a él le dio otro beso en el lado opuesto diciendo: “Toma para que no te laves tampoco este lado”.

David, entre emocionado y confundido salía diciéndome: “Qué regalo tan bonito y yo no podré enseñar a nadie”.

Está claro que el valor de los regalos no estriba en su valor intrínseco, sino en alguna de las mil circunstancias que pueden adornarlo, como por ejemplo la oportunidad, que es cuando puede provocar el fin que, generalmente, perseguimos.

Eladio es un vendedor de nuestra empresa que llevaba tiempo intentando conseguir un cliente que se le resistía. Al fin un día, tras una larga entrevista, consiguió que le pasara, aunque pequeño, su primer pedido. En la conversación intervino también la mujer del cliente que habló abundantemente de su coche, un Focus que, que como el coche de cada uno, era lo mejor de lo mejor, al que cuidaba como nadie, siempre pendiente de su mantenimiento.

Cuando Eladio cursó el pedido se cuidó muy bien de añadir un juego de filtros sin cargo, aclarando que eran para el coche de la señora. El cambio de actitud del cliente a partir de entonces puede considerarse radical, cosa que no habría ocurrido si el insignificante valor del regalo se le hubiese descontado de la factura.

La valoración del obsequio está relacionado con el acierto con que se hace. Entonces es cuando, creo yo, se convierte en "elegancia social".

¡Ah! David, que se habrá lavado ya muchas veces, ejerce de médico en un hospital de EEUU, y sus desvelos andan ahora en sacar adelante a sus tres hijos.

Vindemial Aldea

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