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Buenas migas

La envidia me ha superado" –me cuenta un amigo que decía López Ibor- "cuanto más me envidiaban más me superaba". Y harta razón tenía en ese comentario y comportamiento, pues creo que la única respuesta que se le puede dar al envidioso es superarse; con el fracaso, por grande que sea, no se van a consolar, cuanto más caiga el envidiado más deseará el envidioso que desaparezca.

He recibido algunos mensajes de envidia que, sin duda, debe ser un buen síntoma: cartas anónimas con críticas malignas sin fundamento, comentarios con clara intención de crear bulos... ya se sabe: !difama que algo queda! Al fin, como dice mi hermana, si no consigues que alguien te tenga envidia no eres nada en la vida; de lo contrario puede que te tengan lástima, lo cual es mucho peor.

El envidioso, como no puede reconocer los méritos del triunfador, intenta justificar el éxito en extrañas ayudas o inconfesables negocios. Me comentaba Joaquín, de Danjoa, con motivo de la inauguración de unas nuevas instalaciones, que alguien le había insinuado que algún padrino anónimo estaba detrás, pues sin ello era imposible el éxito, en la dimensión que el envidioso lo veía. Se confirma así la aseveración de Marina Castaño "la envidia es el honor que nos hacen los que se creen menos que nosotros".

He oído decir muchas veces que la envidia es el pecado nacional, y puede que algo de verdad haya en ello, aunque lo adornemos tantas veces con lo de envidia sana. Yo no sé si sería sana, pero hay que ver con qué vehemencia deseaba yo la bicicleta de un amigo de mi infancia, y si no me la dejaba, qué poco me dolía cuando se caía. Está claro que aquella envidia tampoco gozaba de buena salud.

En cierta ocasión decidimos entre cuatro ó cinco amigos comernos, un domingo para almorzar, una sartén de migas. Se hicieron en "Casa Ladis" un bar del barrio de La Elipa en Madrid y la verdad es que salieron de ricas que estaban diciendo cómeme.
Entre bromas y risas y la bota que no pare, puesta la sartén sobre una mesa en el centro del bar, empezamos a darle viajes a la cuchara, abundando en elogios a lo sabrosas que estaban y opinando alguno que si eran manchegas auténticas y otros que si extremeñas o castellanas; porque como todo el mundo sabe, con pequeñas variantes, hay muchas formas de hacerlas. De pronto, alguien que no tenía vela en este entierro, que era el único cliente del bar además de nosotros, y que nos miraba fijamente moviéndose algún paso a derecha o izquierda como el que observa una partida de cartas intervino en los comentarios.

-Sí que tienen buena pinta y huelen muy bien, lo que pasa que en mi tierra echan los ajos sin pelar, -comentó el hombre, sin conseguir la atención de nadie, al tiempo que daba media vuelta alrededor de la mesa manteniendo la actitud de principio, mientras nosotros seguíamos a lo nuestro.

No había pasado más de un minuto cuando volvió a intervenir para decirnos que en su pueblo las solían comer los gañanes antes de salir al campo; lo cual tampoco debió de interesar a nadie porque todos continuamos con lo que de verdad nos ocupaba. Volvió a la carga el hombre para añadir que ellos en la vendimia también les desgranaban un racimo de uvas con lo que pasaban mucho mejor... Y Ladis, que no pudo aguantar más, soltando un taco que quedaría muy mal en este texto le dijo:

-Coja usted una cuchara y siéntese ya con nosotros.

A lo cual, sin esperar más insistencias, aceptó diciendo: “Aunque sólo sea por probarlas ....”. Y cuando ya se terminaban, y había conseguido algo de atención por nuestra parte, se despachó:

- Si no las pruebo reviento, me estaba dando una envidia irresistible.
La verdad es que acabar hablando de esta clase de envidia habiendo empezado por la que empuja el genio a la fama son ganas de convertir en broma una cosa tan seria, pero seguro que es mejor así.

Vindemial Aldea

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